jueves, 18 de octubre de 2007

PUNTOS DE VISTA

Por: José Antonio Rivera-González

Hace unos días, discutiendo características inherentes a los personajes de sus guiones para televisión, mis estudiantes hablaron de las ridiculeces que observan en la “gente vieja”; es decir, en gente como yo. El avivamiento que despertó el tema entre los discípulos me animó a darles cuerda para que exorcisaran sus malestares, a la vez que aproveché para coger oreja.


Uno de los varones nos contó el jamaqueón que recibió cuando, de repente y sin aviso previo, su querida madre amaneció hablando la jerga juvenil de su hija de 13 años. Frases como: “vaya, loca”, “estás bien fashion”, y “ranquéate bien en el examen de hoy”, comenzaron a surgir de las cuerdas vocales maternas con la misma rapidez que brota el agua de tuberías inauguradas en año eleccionario.


El joven, demostrando gran madurez, amenazó a la madre con negarse a sostener con ella conversaciones que estuvieran constantemente salpicadas de frases y giros propios de la primera generación del siglo XXI. Aunque no dijo cuál había sido el resultado de su táctica, si alguno, el grupo aprobó la estrategia con aplausos.
Otra de las anécdotas nos introdujo al seno de una familia donde el padre atravesó la crisis de los 40 en compañía de sus hermanos, primos y cuñados. Cuenta el estudiante que, de repente, las ceñidas camisas Armany y los interiores Calvin Klein llenaron las gavetas de estos; los ejemplares de GQ comenzaron a sustituir los Buenhogar en el cesto del baño; las tarjetas de crédito de Banana Republic, Old Navy y GAP inundaron el buzón; las ahora frecuentes salidas de los viernes, solos o junto a sus parejas, tuvieron lugar en pubs y centros nocturnos para adultos jóvenes. En fin, un período lo suficientmente preocupante y prolongado como para que las respectivas esposas, cuñadas y hermanas iniciaran juntas familiares dirigidas a elaborar un ultimatum para los ovejos perdidos en la crisis.


En este caso, según relato el estudiante, el agotamiento físico, económico y mental de los descarrilados los devolvió a la realidad. Hoy día, nos cuenta el hijo-sobrino de los señalados, estos se reúnen para reírse de una etapa que reconocen como crítica, pero que vencieron unidos. A pesar del final feliz, el estudiante dejó en la clase la impresión de que teme por su futuro, en caso de que el arrebato de sus parientes sea hereditario.


Como para no quedarse atrás, una de las estudiantes relató, perpleja, la situación de una conocida –sospeché que se refería a una tía, pero mantuve silencio-, a la que le calcula “unos 50, pero bieeeen laaaargos” (no quise hacerle caso porque son malos calculando la edad; para ellos, toda persona mayor de 26 ya es vieja), que usa unas faldas tan cortas que cuando cruza las piernas tiene que colocarse una mano en la cadera y la otra sobre la entrepierna para tapar el yistro.


En ese momento me percaté de que el tema de las características de los personajes ficticios se estaba desdibujando, y consideré necesario y prudente detenerlo. Mientras desviaba la discusión hacia otros rumbos, me prometí que esa misma tarde renovaría mi suscripción a GQ y que en adelante dejaría de echar las envolturas Calvin Klein dentro de las bolsas de Marshall’s, antes de echarlas a la basura.


El Autor de este artículo es Catedrático en la Escuela de Comunicación de la UPR-Río Piedras. Sus temas de interés son la historia de los medios y los estudios de género, principalmente. Frecuentemente participa como crítico y analista de medios en los rotativos del País, así como en Radio Universidad de Puerto Rico.

1 comentario:

Paquita Catala dijo...

Bunisimo saber lo que piensan los jovenes de nosotros. Aunque no he e negar que de vez en cuando se nos pega la jerga que usan ellos para comunicarse.